Una vez teníamos ya las mochilas con la comida nos dispusimos a buscar un sitio adecuado para descansar y reponer fuerzas. Miramos un poco por el sendero que subía por encima de la fervenza, pero era prácticamente intransitable, por lo que aprovechando que el caudal en verano es menor y deja más rocas al descubierto, decidimos comer en las rocas que están pegadas a la fervenza.
Estábamos nosotros solos, a la sombra y con el sonido del agua cayendo incansablemente a nuestro lado, un placer de dioses. Al terminar de comer, y ya con el estómago lleno que así se disfruta mejor todo, admiramos con más calma la fervenza.
La fervenza de Fondós es una caída de agua producida por el río Fondós o de Pepes sobre la desembocadura del río Miño. Las rocas que lo rodean son de cuarcita, y la dificultad del agua para erosionarlas dan lugar a numerosos saltos y nos dejan esta estampa tan bonita, que si desconocemos el lugar pasaríamos por alto sin darnos cuenta que está pegado a la carretera, desde donde podemos ver la fervenza sin ningún problema.
Es una zona hermosa, tras la que circulan multitud de leyendas, incluso una en la que se habla de la existencia de una especie humana marina que vivía en esta zona del Miño. Leyenda o no, la realidad es que es un ayuntamiento que invita a soñar.